Las palabras nos “esculpen” desde la primera infancia

Abril es el Mes del Niño en Colombia. La Fundación Ser Fraterno festeja esta fecha
aportando una interesante reflexión sobre cómo la comunicación resulta determinante en
la relación y educación de los hijos. ¡Para tener en cuenta!.

 

Por: Paola González Osorio, Coordinadora editorial de la Fundación Ser Fraterno*.

¿Cuál de las siguientes expresiones utilizarías para corregir a tu hijo cuando ofende a algún
amigo del colegio, motivo por el cual te han citado en la rectoría para hacerte el reclamo y
llamarle la atención al niño?

1. ¡Necio! Eres un maleducado, irrespetuoso, burdo. No te sabes comportar. Siempre
haces lo mismo, tratas mal a los demás y no sabes ni cómo hablar. ¡No tienes
remedio!

2. Lo que dijiste no estuvo bien, porque hiciste sentir mal a tu amigo. A ti no te
gustaría que te dijeran eso porque es ofensivo y duele. Intenta explicarle que no te
gusta lo que hizo, en cambio de tratarlo mal y pídele perdón.

3. ¡Así me gusta! No te dejes de nadie. Si te tratan mal responde igual. Si alguien te
ofende, tú debes hacer lo mismo. El otro se lo merece.

4. La situación anterior puede ser común no solo en el entorno escolar, sino en el
hogar y las reuniones sociales. Inclusive, más que una mala palabra dicha por el
niño, puede tratarse de una acción que consideramos negativa.

Frente a este hecho, los padres solemos reaccionar de diferentes formas y usamos las
palabras para orientar a nuestros hijos, sin pensar en el gran significado que estas tienen.

La comunicación constituye una de las herramientas más eficaces en la educación.
Entiéndase por esta el lenguaje, las palabras que utilizamos al dirigirnos a nuestros hijos o
alumnos (bien sea para corregirlos, animarlos o demostrarles amor), así como la forma en
que nos expresamos hacia ellos.

No es lo mismo decir “eso no está bien” acompañado de una explicación clara y seria, a
decir “¡burro!, qué haces” sin aclarar por qué lo que el niño hizo no es lo adecuado. La
palabra “burro” denota un significado descalificativo y muy ofensivo, aun así, algunos
padres se atreven a usarla sin darle mucho valor y sin saber el daño que pueden causar. Lo
mismo sucede con otros vocablos con los que descalificamos u orientamos las acciones de
nuestros hijos.

Las palabras en sí son significados que nos “esculpen” desde la primera infancia. Por ello,
vocablos relacionados con el amor, la paciencia y la comprensión son fundamentales desde
que el bebé está en el vientre.

En esta etapa, el bebé es moldeado a través del lenguaje, y muy a pesar de lo que muchos
creen, él ya empieza a comprender si es un ser deseado y amado a través de los mimos y las
narraciones de afecto que le demuestran sus cuidadores.

Con el paso del tiempo, somos los adultos, los que conscientes o no, contribuimos a erigir
la identidad del niño con afirmaciones básicas. Por ejemplo, lo describimos como necio,
inteligente, cansón, juicioso, mamón, lindo, fastidioso, aplicado, etc. Dichos conceptos van
quedando anclados en las características que siente el niño como propias y quizá se
conviertan en parte de sus cualidades o defectos como adulto.

Por ejemplo, no es raro que, en el ambiente escolar, quienes hacen matoneo sean los niños
que en casa son tratados con displicencia, aquellos que reciben constantemente palabras
despectivas, negativas y ofensivas o incluso maltrato físico. Por supuesto no todos los casos
son iguales, pero el entorno familiar sí afecta mucho (casi un 90%) en el comportamiento
de los niños y en la formación de la identidad de las personas.

Por tal motivo, vale mucho la pena evaluar cómo tratamos a nuestros hijos en las diferentes
circunstancias, qué palabras utilizamos para dirigirnos a ellos en los momentos de calma,
de estrés y de angustia.

Incluso, es importante analizar cómo hablamos en nuestro entorno familiar y social, cómo
tratamos a nuestra pareja y cómo nos relacionamos con las otras personas, pues el niño
adoptará palabras y formas de hablar muy similares a las nuestras.

Si regresamos a la situación inicial de este artículo, podríamos decir que vale más educar a
nuestros hijos con paciencia, palabras amables y explicaciones concretas, que invitarlos a
ser ofensivos con los demás o llegar a tratarlos mal con palabras y actos discriminatorios.

Este es un reto que para muchos no es nada fácil porque tal vez fueron educados de la
misma forma, sin embargo, no es imposible. Recuerda que las palabras tienen el poder de
edificar o destruir, y hay muchas que son adecuadas para educar aún en los momentos de
dificultad. Vale más una palabra y una corrección con amor que mil palabras ofensivas.


*Comunicadora social, Magíster en Psicología y en Escrituras Creativas. Promotora del
lenguaje con sentido, la lectura y la escritura. Trabaja en la enseñanza y asesoría sobre
estrategias de redacción para la elaboración de contenidos con diversos enfoques.

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